12/10/2016

Un exestudiante pide a Oxford un millón de libras porque no ha logrado el éxito

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Estos días está teniendo en lugar en las cortes británicas uno de los juicios más peculiares de los últimos años: un antiguo egresado de la Universidad de Oxford ha decidido denunciar a su alma máter por un millón de libras (alrededor de 1.173.670 euros) porque, según su consideración, el nivel de los profesores habría impedido que su carrera profesional tuviese éxito.
Como ha explicado a la corte, la negligencia del centro “le ha negado la posibilidad de convertirse en un abogado comercial de altos vuelos”.
En concreto, el antiguo alumno considera que si se hubiese licenciado con honores de primera clase (el título conocido como 'first', y que equivaldría a nuestro sobresaliente), había conseguido convertirse en un abogado de primer nivel. Sin embargo, achaca a la mala praxis de sus profesores haber terminado consiguiendo un título 2:1, es decir, de la división superior de los honores de segunda clase (“second-class, honours, upper division”; sí, hay una división inferior de esta segunda clase).
El denunciante completó sus estudios de Historia Moderna en el año 2000 en el Branesone College
La historia, que ha sido desvelada por 'The Sunday Times', tiene como protagonista a Faiz Siddiqui, de 38 años, que completó sus estudios de Historia Moderna en el año 2000 en el Brasenose College. Según la argumentación que ha repetido frente a los jueces ingleses, su carrera profesional como abogado ha sido condenada al fracaso debido a que una formación “espantosamente mala” y “aburrida”.
Aunque, como explican muchos expertos de Recursos Humanos, el currículum académico cada vez importa menos, en Reino Unido obtener uno u otro título puede influir significativamente en la carrera profesional de los antiguos alumnos. Como ha revelado al rotativo inglés su abogado, Roger Mallalieu, Siddiqui sufre de insomnio y depresión a causa de sus circunstancias profesionales.
¿De quién es la responsabilidad?
Por pintoresco que pueda parecer este caso, reabre un viejo debate que cada vez será más acuciante, a medida que la oferta educativa se diversifique y el número de centros privados se dispare: ¿de quién es la responsabilidad de que un alumno no haya alcanzado la calificación de la que se cree merecedor? ¿Del propio estudiante, que no ha sido capaz de cumplir los objetivos de excelencia marcados a principio de curso, o del docente? En cualquier caso, ¿debe entenderse que el alumno es un cliente y, por lo tanto, tiene derecho de reclamación en caso de no obtener lo deseado?
Durante el curso 1999-2000, cuatro de los siete docentes de la facultad se habían tomado un año sabático
Siddiqui se escuda en que otros compañeros de clase vivieron la misma situación para defender que no se trata de un problema suyo, sino de la organización de la Facultad. Durante el curso 1999-2000, cuatro de los siete docentes de la Facultad se tomaron un año sabático, algo que es “un hecho claro y sin discusión” que el centro conocía de antemano.
Según la explicación de Siddiqui, el doctor David Washbrook, profesor de Historia, tuvo que aguantar una presión “inaguantable” a causa de esta situación que terminó provocando que sus clases se viesen perjudicadas. Lo cual plantea una pregunta más: ¿hasta qué punto pueden alterar los problemas organizativos el rendimiento de los profesores y, de ahí, la formación de los alumnos y por extensión su carrera profesional?.
Según explicó el historiador, de los quince estudiantes que hicieron el examen de esta asignatura junto a él, trece obtuvieron la calificación mínima en esa asignatura, lo que le lleva a defender que no se trata de un caso aislado. “Hay un gran porcentaje que obtuvo sus notas más bajas en los trabajos de la asignatura”, explicó. “Es una anomalía estadística que encaja con nuestra argumentación de que hubo un problema específico durante ese año y que tuvo un efecto colateral en el rendimiento de los alumnos. El estándar de las clases era objetivamente inaceptable”.
Ahí se encuentra la clave de la cuestión: ¿de qué manera se puede valorar una clase para considerarla “objetivamente inaceptable”, especialmente si tuvo lugar hace una década y media? ¿Hasta qué punto puede ser producto de la casualidad? ¿De qué manera puede garantizarse que se proporciona la mejor educación a los alumnos? La Universidad de Oxford ha respondido, a tal respecto, que aunque reconocía haber tenido dificultades a la hora de organizar las clases por las razones anteriormente aducidas, también considera que la acusación no tiene fundamento, y debería ser archivada debido a que ha pasado mucho tiempo (16 años) desde lo ocurrido.
Si la denuncia prospera, puede marcar un antes y un después en la educación (inglesa, y de manera implícita, global), pero también abrir la puerta a muchas más reclamaciones de este tipo. ¿Veremos en un futuro reclamaciones a las universidades, en su perenne caos organizativo, por parte de alumnos decepcionados ante la formación que han recibido?

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